Epifanías en Auschwitz

20/Ene/2017

El País Cultural, Por Darío Jaramillo Agudelo

Epifanías en Auschwitz

Autobiografía poco común de un sobreviviente,
lúcido, que hace preguntas incómodas sobre los orígenes de la barbarie y otras
complicidades dolorosas (reseña inédita del crítico Darío Jaramillo que será
publicada en Gozar Leyendo).
EL TITULO con subtítulo, el aviso de carátula,
completo, dice La buena vida o de la serenidad ante el horror (Pre-Textos,
2010) y es la autobiografía de Fred Wander (Viena, 1917-2006). Un libro duro,
las memorias de un hombre que pasó por campos de concentración y, más allá de
su dureza, el testimonio de un hombre capaz de tomar distancia con los que
habían sido y, por esa distancia -también por su sinceridad-, capaz de
convertir en arte sus memorias y escribir un libro excepcional.
Muy pronto, a los veinte años, Fred Wander,
joven judío acosado por la gente en su Viena natal, intuyendo que Hitler pronto
estará mandando en Austria, decide huir a París: “Los insultos y las patadas
eran algo cotidiano. El odio a los judíos constituía el olor de la vía pública.
No sólo era cuestión de maldad, sino también de jolgorio. Nunca se ha
investigado con rigor el valor de entretenimiento que radica en la propagación
del odio y el desprecio. A las personas de existencia vacua y desolada el odio
les aporta alivio y una sensación de superioridad frente a aquellos que han de
odiar, despreciar o incluso temer”.
Vive en Francia, precariamente vive,
clandestino y marginal, hasta el momento en que el gobierno colaboracionista de
Vichy, comienza a apresar judíos: “En los sucesivos años de la guerra estuve en
una veintena de campos franceses y alemanes, por lo que apenas recuerdo los
pormenores de Meslay. Sobre todo, no tengo respuesta a la pregunta de cómo
aguantamos durante semanas aquellas noches tumbados sobre la hierba pelada,
expuestos a la humedad del clima. Eso está borrado de mi cerebro, pues más
tarde, en los campos de concentración alemanes, llegaron los horrores de
verdad”.
En cierto momento, Wander es trasladado de
campos franceses a campos alemanes. Terminará en Auschwitz. De ese periplo
infernal recuerda cosas: “Lo que al principio de aquel gran viaje me llamo más
la atención y a lo que hasta hoy sigo dándole vueltas fue precisamente el
silencio. El silencio fatídico, plomizo, en medio de una muchedumbre inmensa.
Ya en el trayecto de Ginebra a Perpiñán dejamos de hablar los unos con los
otros; éramos siete hombres encadenados, y pasáramos por donde pasáramos, ya en
los trenes, las estaciones o las calles de las ciudades, las mujeres lloraban
al vernos y la gente se quedaba muda. No sabíamos adónde nos llevarían. Oímos
por primera vez la palabra ‘Auschwitz’, en boca de unos hombres y mujeres de la
Cruz Roja que en el campo de Rivesaltes intentaron en vano ayudarnos con palabras
de aliento. Veladamente trataron de impulsar a los jóvenes a la huida. Pero yo
estaba cansado de huir, sabía que… mis parientes también estaban allí. ¡Y donde
estaban ellos, también podría estar yo! Escuchamos algo todavía más
ininteligible: “¡Cámara de gas!”. Estábamos lejos de comprenderlo pero intuimos
algo atroz. No se puede explicar esa vaga sospecha, el horror del exterminio
inminente, ese silencio; supera el entendimiento. Sólo mucho más tarde, en los
campos venideros, aprendimos de nuevo a hablar. Hablar, contar, también contar
historias, era eso lo que podía salvarnos a algunos en los años que vivimos en
el campo.”
Escasas y luminosas, Wander trae en estas
memorias ciertas epifanías vividas en el campo de concentración: “Recuerdo una
noche en Buchenwald -en alguna parte escribí sobre eso- en la que de repente
alguien se puso a cantar en el barracón oscuro. En el barracón abarrotado,
apestoso a suciedad, orines y pus, donde los hombres lanzaban ayes, gemidos y
suspiros, de pronto uno arrancó a cantar: ¡una canción de amor italiana! Con
una maravillosa voz de tenor y lleno de calidez entrañable… Y los presos
dejaron de lamentarse para escuchar el canto. Les llegó un soplo de vida de más
allá de la tumba, una idea de aquella vida viva de cósmica lejanía, donde
seguía habiendo canciones y árboles floridos, mujeres… y un rincón caliente con
olor a buena comida”.
Finalmente, Fred Wander logra sobrevivir a
Auschwitz y, al respecto de esta experiencia con el horror, se responde tres
preguntas. La primera es formal, formal sólo en apariencia: “¿Cómo relatar
hechos de esa naturaleza? Quien no lo haya vivido, nunca podrá comprenderlo. Y
al igual que la sangre está dotada de un coagulante para evitar el
desangramiento en caso de lesión, así también la Psique humana parece poseer
una sustancia química para la desmemoria y la nebulización que nos protege de
un exceso de sufrimiento y de temor”.
La segunda pregunta se refiere a las personas
que ejercían el poder en los campos de concentración, los que torturaban,
humillaban, maltrataban y mataban a voluntad. “¿Qué clase de personas son las
que por acatar una orden pueden cometer todo tipo de crímenes y crueldades?
¿Eran psicópatas, sadistas, monstruos? ¿O era tal vez gente absolutamente
normal, pequeño burgueses, hombres de a pie, como cada uno de nosotros? En su
libro Seres humanos en Auschwitz, Hermann Langbein, dedica a esta pregunta un
capítulo titulado ‘Seres humanos, no demonios’. ‘No eran demonios quienes
mantuvieron en marcha la maquinaria asesina de Auschwitz, ¡eran personas!’.
¿Lograremos comprenderlo alguna vez? En la mentalidad de los alemanes, en su
propensión a la obediencia y al cumplimiento del deber ante las instancias del
poder, en su sentido del orden y la subordinación, ¿hay un núcleo, una energía,
que pudo transformarse en esa soberbia de la cual se consideraron con derecho a
aniquilar a personas a quienes se sentían superiores?”
Y la tercera pregunta: “¿Qué me ayudó, pues, a
sobrevivir al exterminio, a la catástrofe? De ningún modo los atributos
heroicos, más bien el repliegue, y el sosiego, la prudencia y el silencio. Y
otra cosa, difícil de explicar: aceptar tu vida y saborearla hasta la última
gota, con los ojos abiertos y la conciencia afilada. Niégate a toda mirada
sensiblera hacia atrás. Da tus batallas perdidas por perdidas, levanta los
ojos: ¡verás milagros! Creo que se trata de un estado que te hace ser
consciente de tu centro verdadero, un sentimiento vital cósmico. Encontramos un
estado similar -el equilibrio interior y el desligamiento- en aquellos que
fueron condenados a muerte por haber luchado contra el imperio nazi, personas
cuyas últimas cartas se han conservado. Reflejan una gran paz y serenidad. Nada
de autocompasión. Han aceptado su vida como su muerte. Una derrota, pero también
una victoria. Retirarse, despegarse de sí mismo…”.
Después de la guerra, Wander trató de
instalarse en su nativa Viena, pero no se amañó. Encontró “el odio en sus
miradas. Se me había olvidado. Era el odio ancestral que emponzoñaba los
corazones de muchas personas. El odio que había acompañado a mi niñez. ¡Yo
estaba de nuevo allí, estaba en el país del odio! La muerte de Hitler y
Goebbels, el fin del delirio exterminador, la rendición de Alemania, la entrada
der los aliados, los cambios en la vía pública -la desaparición de la esvástica
y de los uniformes nazis-, ¿no habían producido efecto alguno?”. Y afirma: “La
desnazificación de Alemania y Austria fue una farsa, y con su benevolencia
hacia los nazis Adenauer emponzoñaría por muchos años la cultura política de
Alemania”.
Entonces, despiadado con él y con la historia
entera, reflexiona y se hace una cuarta pregunta: “Debería pensarse que quienes
en 1945 veníamos de los campos, los pocos supervivientes que éramos, flotábamos
en un vértigo de felicidad perenne, teníamos la conciencia exaltada y nuestra
percepción estaba agudizada por un acontecimiento de época: el fin de la guerra
de exterminio y de los campos de la muerte, el fin del fascismo. ¡Qué error! A
lo largo de veinte años seguirían atormentándome las pesadillas: todavía estoy
allí, nos veo sentados delante de los barracones, convertidos en ancianos,
correteando de un lado a otro como animales enjaulados y hablando siempre de lo
mismo: ‘cuánto tiempo más? ¿Cuándo vamos a salir de aquí?’ Y hoy me pregunto:
¿de verdad saldremos alguna vez del campo?”.
Descorazonado con sus compatriotas y, a la
vez, creyendo posible -e inmediato- el sueño de la sociedad sin clases, se va a
vivir largos años a la República Democrática Alemana. Cuenta: “en la Alemania
del Este, las ciudades seguían grises y deterioradas por los daños de la
guerra; en todas partes había edificios en ruinas por los bombardeos, los
vestigios de los combates aún estaban a la vista. Reinaba la carestía, frene a
las tiendas se veían largas filas de gente. Para comprar carne, verduras,
frutas o un rollo de papel higiénico había que hacer cola durante mucho tiempo.
Y los lemas y las consignas lucían por doquier, ya en las fachadas de las casas
y las torres, ya en las escuelas, los edificios públicos o los escaparates:
‘¡Estamos trabajando por la paz!’, ‘¡La RDA, un aval de paz y trabajo!’. La
gente ya no reparaba en ellos, según nos explicaban, era la jerga de la
burocracia, completamente vaciada de sentido y ajena a la vida real. Una vida
real que podía observar todo aquel que no estuviera ciego o totalmente
anquilosado. Lo que confundía era esa otra cara del país: mucha gente sensata y
radicalmente honesta, llena de fuerza y optimismo. Una naturalidad y curiosidad
refrescantes en muchos jóvenes. (…) Veíamos las contradicciones, la pesadez de
los aparatos estatales, la mendacidad de los oportunistas, la aniquilación de
la creatividad y las fuerzas motrices del ser humano por hallarse bajo tutela
estatal”.
Y añade: “Maxie estaba consternada por el
estado que presentaba la ciudad. Leipzig era una urbe descuidada y atrasada,
mientras que en Viena, diez años después de la guerra, apenas se veían ya
vestigios de los combates. ¿Acaso el socialismo no era lo suficientemente
fuerte para curar las heridas, rehabilitar las ciudades? Todo avanzaba más
lento, se veía frenado. ¿Frenado por qué? ¿Por la desidia? Por una desgana e
indolencia generales que tenían diferentes causas psicológicas y de otra
naturaleza. Al mismo tiempo, muchas personas se replegaban a una inmensa
actividad privada. El que las fábricas y los talleres supuestamente pertenecieran
al pueblo no se percibía como una realidad, sino que generaba más bien una
indiferencia destructora. La propiedad privada, secretamente, continuaba siendo
sagrada.”
Al escribir estas memorias, Wander hace un
nada fácil examen de conciencia: “Visto desde hoy, cuarenta años después, me
parece como si el sentido común de muchísima gente, nosotros incluidos, hubiera
fallado y quedado suplantado por la utopía. Sólo muy pocos tuvieron, ya
entonces, aquel agudo entendimiento político de Wolfgang Leonhard, Arthur
Koestler, Manès Sperber o Jorge Semprún, también de Loesy y Giordano, quienes
supieron ver las contradicciones y el efecto funesto de la práctica socialista.
A nosotros nos movía la comunidad con muchos amigos sinceros, proclives a
reconocer lo novedoso de una filosofía humanista. No me refiero a los zelotes,
que siempre nos resultaron sospechosos. Uno se acostumbraba a los sinsabores y
la estrechez mental de los funcionarios, se reía humildemente de ellos y se
resarcía con la creencia de que estaban en marcha transformaciones sociales que
aún requerían enormes esfuerzos”.
Y se reclama sin piedad: “me pregunto muchas
veces y con ánimo acongojado cómo fue posible que las noticias de las purgas de
Stalin no nos dejasen absolutamente pasmados, asqueados o al menos perturbados
en nuestra visión del mundo. Simulacros judiciales para condenar y ejecutar a
personas inocentes. Las noticias de miles, decenas o incluso cientos de miles
de inocentes, enviados a los campos de Gulag y desaparecidos sin rastro. ¿Cómo
pudimos tolerarlo? ¿Por una confusión y desorientación interior o por
inclinación a tomar muchas de esas noticias horrorosas como propaganda del
bando contrario? A menudo dudamos y vacilamos. ¿Por qué no despertamos antes?
¿Por qué no nos desvinculamos de un partido que prometía la felicidad sobre la
tierra pero condenaba a todo aquel que no quisiera creérselo -como antaño hacía
la Iglesia- y aniquilaba a quienes pensaban diferente?”
Al respecto saca sus propias conclusiones:
“toda dictadura engendra, en cualquier ámbito, una desidia, una mala gestión y
una corrupción inenarrables. Puesto bajo tutela, el ciudadano sólo siente, en
el fondo de su alma, indiferencia, tedio, y odio frente al estado autoritario,
a no ser que pertenezca a la masa de pequeñoburgueses adictos a la autoridad y
se haya vuelto corrupto. Nada en el mundo es tan desolador como una sociedad
dirigida por funcionarios y burócratas, manipulada como títeres en todas las
cuestiones de la vida. El hombre administrado, sojuzgado a la organización,
está desconectado de la dinámica de las fuerzas creativas, pues solo la lucha
por la verdad, la pugna entre opiniones y extremos opuestos, el cambio y la
diversidad, constituyen la esencia de todo lo vivo”.
Basado en una cita de Martin Walser, Wander
niega la posibilidad de hacer verdadera autobiografía: “la palabra
autobiografía… sólo puede emplearla quien tiene poca idea de la ineluctable
fuerza transfiguradora del lenguaje (…) Uno no puede describir cosas lejanas en
el tiempo sin experimentar la sensación de que ya se han vuelto ficción,
incluso si están saturadas de hechos y tienen que ver con personas que
realmente existieron. Pretender evocarlas con palabras es pura fantasía”.
Sí, es posible que las palabras no alcancen
nunca a copiar la intensidad de la vida misma en un campo de concentración o
bajo una dictadura stalinista, pero lo que hizo Fred Wander fue una obra de
arte, acercando inimaginablemente las palabras a aquellas tragedias.
EXTRACTOS DE «UNA BUENA VIDA»
Fred Wander
«Unos se derrumban, otros descubren en sí
aptitudes ocultas de sus antepasados, que fueron nómadas. En el extranjero
aprenderán a encontrar su verdadera morada: ¡el hombre habita en sí mismo, y en
ninguna otra parte”. (pág. 20)
«Toda cárcel y todo campo eran, según él
[Rosenberger], el fiel reflejo de la sociedad de fuera, una caricatura que
ilustraba cual libro de estampas los rasgos hipócritas de la clase alta. (Más
tarde, en los campos de concentración alemanes, pude comprobar hasta qué punto
tenía razón.) La flor y nata siempre ha sido una banda de negociantes, ocultos
bajo la noble careta de un estamento que pretende vertebrar el Estado.
Cometerían cualquier trampa, intriga y crimen -con la ayuda de su élite- para
mantener su hegemonía. Rosenberger estaba instruido en el marxismo, pero no era
comunista. También en la Unión Soviética existían el abuso de poder, los
privilegios y la soberbia de una élite; veía con el mayor escepticismo toda
ideología de salvación». (págs. 71-72)
«…abrí el Rilke y me encontré con aquel
párrafo de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge donde habla de las caras: ‘son
muchas las personas, pero aún más las caras, pues cada uno tiene varias. Hay
gente que lleva la misma durante años, y la cara, naturalmente, se
desgasta…'». (pág. 81)
«Los americanos habrían podido salvar del
exterminio a cientos de miles de seres humanos. ¡No lo hicieron! E incluso
cuando tuvieron constancia de las cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka, se
cruzaron de brazos. El mundo entero se cruzó de brazos. (Hay que añadir que
varios miles de judíos, sobre todo famosos y acaudalados, lograron salvarse
gracias a amigos o parientes ricos de Estados Unidos». (pág. 83)
«Se nos acercó una anciana, y nos
detuvimos, mientras los tres agentes de la Garde Mobile que nos flanqueaban se
quedaron en silencio abochornados. Y la anciana nos besaba las manos
encadenadas y llorando nos pedía perdón por lo que Francia estaba haciendo con
nosotros. Su gesto me infundió una última esperanza desesperada, que me acompañaría
a lo largo de los años». (pág. 89)
«En los juicios casi siempre resultaba
imposible probar la culpa de los verdugos, ya que los testigos habían sido
exterminados». (pág. 94)
«Toda locura es hasta cierto punto, una
escenificación de uno mismo». (pág. 110)
«Es inherente a la naturaleza de todo
conglomerado de poder el disponer de suficiente número de criaturas serviles,
carreristas, oportunistas, cabezas huecas, lameculos, policías y espías. El
poder siempre mantiene a una élite de funcionarios sumamente privilegiados y
corruptos, cuyo interés vital consiste en perpetuar ese poder». (pág. 132)
«Hitler, Mussolini y Franco habían sido
ejemplos vivos de cómo se genera el poder: con la ignorancia y el miedo, con el
desencadenamiento de todos los instintos malignos del hombre, con el
azuzamiento y el odio. El fascismo era una puerta abierta a la barbarie, una
cloaca de la estulticia, la vileza y el terror. En eso se basaba la dinámica de
su violencia, que culminó en la guerra y el holocausto». (pág. 141)
«Como dijo Arthur Miller: ‘¡el poder es
siempre un idiota!’» (pág. 158)
«Siempre era una hogaza para cinco o seis
hombres, rara vez para cuatro… Uno de nosotros había descubierto que las
raciones se volvían más grandes cuando los rusos avanzaban. Un intento de
analizar lo que supuestamente se cocía en las cabezas de los SS que
administraban el campo. Por otro lado, estaban los presos que formaban grupos y
se repartían metódicamente el pan. Unos confeccionaban una balanza primitiva,
con trocitos de madera que, atados a unas cuerdas, colgaban de la palanca y se
pinchaban en los pedazos de pan para pesarlos y equilibrarlos hasta que todos
quedaran parejos. Alrededor, los ojos ardientes de los interesados,
contemplando la sagrada ceremonia y observando cada movimiento del que
repartía. Otros, simplemente cortaban el pan en seis partes y las rifaban, pues
eran de tamaño desigual. Los presos eran comprensivos, el perdedor no se
quejaba, se escabullía debajo de su manta y esperaba ganar al día siguiente.
Luego estaban las distintas formas de ingerir el pan: engullirlo al instante y
a bocados grandes, con avidez, o cortarlo en pequeños dados e ir sacándolo del
bolsillo, a pedacitos, para comérselo despacio. Un ritual que cada uno se
inventaba para sí mismo. Había muchas maneras de comer el pan, y hubiera sido
revelador inferir de éstas el carácter de la persona. Yo me lo comía enseguida
masticándolo con cuidado, una actividad realizada como bajo hipnosis. En el
estómago, el pan quedaba a mejor recaudo, nadie podía quitártelo, a veces, si
no estabas alerta, te lo robaban». (págs. 192-93)
«Walter Gorrish contaba una maravillosa
historia de cuando había estado en la guerra civil española. A un comandante
del bando republicano le quedaban, tras un combate, nada más que cinco hombres,
a quienes debía salvar, pues estaban rodeados por el enemigo. Dibujó entonces
en un papel el croquis de un depósito de armas secreto que no debía caer en
manos de los fascistas. Luego rompió el dibujo en varias partes, las introdujo
en casquillos de cartucho vacíos, en instó a los soldados a cruzar las líneas
enemigas cada uno por su cuenta. El golpe tuvo éxito, los cinco casquillos
llegaron al jefe superior del mando. El depósito de armas no existía, era un
invento. Pero los cinco hombres se habían salvado». (pág. 193)
«La pregunta de si el destronamiento de
Stalin traería consigo una liberalización generalizada se discutía sin ambages.
La política cultural de la RDA de aquellos años daba a veces ‘dos pasos
adelante y tres atrás’, como algunos constatábamos entre la risa y la
amargura». (pág. 195)
«Pero entonces aun no veíamos con
claridad que la desconfianza y la intoxicación de todas las relaciones humanas
eran algo así como un axioma, una ley natural de las dictaduras». (pág.
203)
«.. la opinión dominante (que sigue
siendo la opinión de los que dominan)». (pág. 214)
«Gorki dijo una vez: ‘los fracasos son
los ángeles de la guarda de los escritores’” (pág. 241)
«… a ratos perdidos golosineo a Pavese.
Dice en un pasaje: ‘De donde se aprende que la única manera de escapar al
abismo es contemplarlo, medirlo, sondearlo y descender a él’.» (pág. 255)
«Marie hace preguntas punzantes: que cómo
había sido aquello, el campo de concentración, ¿aún conocíais la alegría…?
Preso de una especie de hipnosis, yo contaba: Sí, ¡conocimos la alegría! Cada
día, en el camino a la obra, lo veías y lo oías todo. Salida a las cuatro de la
mañana, y mientras marchábamos en filas cuadradas y los centinelas se sentían
inseguros -nosotros éramos un millar, ellos, seis mozos con botas- nos
ordenaban que cantáramos. Y los presos, hechos piltrafas, cantaban, todos
cantaban, sonaba tétrico en la grisalla del alba, en medio de la polvareda que
se levantaba. Y si llovía y venteaba, sonaba como un canto del infierno. Entonaban
canciones polacas que te estremecen hasta la médula, aunque no entiendas la
letra. Cada vez que pienso en la escena sigo oyéndolas. Cantaban con las
últimas fuerzas, con la sangre del corazón, con dignidad. Cantaban de
maravilla, con sus voces roncas, atormentadas, capaces de expresar todo el
dolor de su existencia, pero también jubilosas y llenas de loca alegría. Y
podías contemplar a los hombres, su aspecto era atroz y sin embargo no dejaban
de ser personas, personas profundamente humilladas. Y había una belleza
grotesca en esa tremenda imagen de los presos en marcha. Y siempre había
algunos que se arrastraban a duras penas, caminando su postrer camino. Se
desplomarían en el trabajo, mientras descargaran troncos y piedras, y los
centinelas los matarían a golpes. Podías ver sus caras, para describir aquellos
rostros no existen palabras. Y sentías compasión y piedad, las últimas gotas de
la sangre del corazón. Has trascendido la frontera de tu ser, has adoptado otra
dimensión en el mirar en el comprender y en la inclinación a fundirte con otras
personas, habitar otras casas, otros mundos. La vida desmarcada, distanciada y
mágica en vista de la muerte. Te ves tirado en la litera del barracón, es de
noche, y en la oscuridad envolvente los presos gimen, dormidos, y mueren. Y te
volvías mudo y vivías ya solamente en el mirar y el escuchar. Dejabas atrás tu
hambre, tu dolor, tu angustia y te elevabas sobre tu ser». (págs. 308-09)
Jorge Semprún en su libro La escritura o la
vida (…): “la escritura, si pretende ser algo más que un juego, no es más que
una dilatada, interminable labor de ascesis, una forma de desapegarse de sí
mismo asumiéndose: siendo uno mismo al reconocer y dar nacimiento al otro que
uno siempre es”.  (pág. 309)
«Desde que existen la radio y la
televisión mucha gente ha perdido la facultad de articular y relatar. Se
envuelve en ruidos para burlar el vacío interior y la soledad». (pág. 320)
«Todos, sin excepción, gente buena y ordenada,
pensé. Pero luego la pregunta recurrente: ¿qué personas eran las que aclamaron
frenéticas a Hitler, que se sometieron a él como si fuera un dios? Eran
personas decentes. Correctas, aplicadas, limpias, obedientes y conscientes del
deber. ¿Y qué personas eran las que nos torturaron y mataron en los campos de
concentración? ¿Capaces de mirar fríamente cómo se fusilaba a hombres, mujeres
y niños judíos? Las víctimas se alineaban frente a largas zanjas que ellas
mismas tenían que cavar con prisa entre los bramidos y los golpes de los
botudos. ¿Acaso eran asesinos natos? No. Eran gente como tú y yo. Y sin
embargo, cometieron los crímenes más monstruosos jamás perpetrados. Nunca nadie
en el mundo lo comprenderá». (págs.350-51)
Joseph Brodsky: “un judío que no sufra manía
persecutoria tiene que estar loco”. (pág. 370)
LOS AUTORES:
Fred Wander, escritor autríaco, publicó una
extensa obra que incluye novelas, relatos, piezas teatrales, libros infantiles
y de viajes. Su obra más conocida es la novela El séptimo pozo (Galaxia
Gutenberg, 2007), cuya traducción al español se publicó un año después de su
muerte. Su obra es un aporte invalorable para explorar las razones últimas,
nunca bien entendidas, que llevaron al Holocausto. La edición de La buena vida
aquí comentada fue publicada por Pre-Textos en 2010, Barcelona, 408 págs., con
traducción de Richard Gross.
Darío Jaramillo Agudelo (Antioquia, 1947),
autor de una extensa obra édita, es considerado uno de los críticos más lúcidos
de habla hispana, y también uno de los grandes poetas colombianos del siglo XX.
Lleva adelante Gozar Leyendo, un correo periódico enviado por Luna Libros, casa
editorial independiente con sede en Bogotá. En ese correo vuelca, desde hace
algunos años, reseñas y comentarios sobre sus gustos literarios, escritos en
lenguaje accesible para público amplio. Aborda tanto novedades como títulos
recientes, siempre destacando las buenas lecturas, los buenos libros que no
merecen ser olvidados. El País Cultural reproduce aquí una reseña inédita que
se publicará a lo largo del 2017 en Gozar Leyendo.